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PEQUEÑAS MENTIRAS SIN IMPORTANCIA o La egoísta soledad de la amistad contemporánea


Pequeñas mentiras sin importancia (Les petits mouchoirs) relata el verano de un grupo de amigos en Francia. Todos ellos son completamente distintos pero están unidos por la inercia de décadas de amistad y por un entresijo de relaciones fundamentadas en lo que no se pueden contar los unos a los otros.

Todos los años, nueve amigos parisínos, en torno a los 40 años, se van de veraneo a la casa de la playa de Max (François Cluzet) y Verónique (Valérie Bonneton). Este verano, sin embargo, uno de ellos, Ludo (Jean Dujardin), tiene un terrible accidente de moto y queda ingresado en la UCI. Pese a la gravedad de Ludo, los amigos deciden que lo mejor es continuar con sus planes habituales de veraneo ya que no hay nada que puedan hacer por él más que esperar a que mejore. En esos días de verano en los que todos conviven en la paradójicamente idílica finca empiezan a rezumar vacíos, infelicidades y culpabilidades arrastradas durante años que, aunque intentan ocultarse, se revelan a gritos a través de miradas y conversaciones.

Los flujos emocionales que se generan entre personajes son confusos y el film no llega a profundizar lo bastante en ellos como para poder disfrutarlos. Las mujeres del film: Marie (Marion Cotillard), Véronique e Isabelle (Pascale Arbillot) aportan sin embargo gran profundidad dramática y contextual a la historia.

Marie es una mujer moderna, bohemia, independiente, solitaria y triste. Representa perfectamente a la mujer contemporánea que es independiente pero no es libre, que se oculta tras el manto de lo bohemio y lo excéntrico por miedo a no ser aceptada en la sociedad burguesa y por miedo a no sentirse única al pertenecer a esa sociedad. Su faceta de femme fatale, de conquistadora de hombres y de inconformista cubren su soledad y su falta de ganas por vivir. Marie llega incluso a tener relaciones casuales lésbicas, prueba de que en realidad, su faceta de mujer segura e independiente, oculta su tristeza por no saber lo que quiere y su temor a estar sola consigo mismo.

Véronique es una versión estereotipada de la madre moderna, casada con un marido excéntrico, controlador y excesivamente perfeccionista, que se obsesiona con solo comer productos bio y que tiene que ridiculizar las acciones de su marido para no pasar vergüenza. Su personaje es ambiguo ya que resulta cargante pero también entrañable. Es una anfitriona despreocupada pero estricta y su personaje es el contrapeso perfecto al de su marido, Max.

Finalmente está Isabelle, la eterna mujer florero. Desde el principio, su personaje resulta insípido: a penas habla, solo tiene frases superficialmente agradables y su opinión es siempre la de su marido Vincent (Benoît Magimel). Es la mujer rubia, de nariz respingona y necesidad incesante de agradar. Pero todo ese personaje de Barbie lobotomizada y sumisa es el resultado de la profunda insatisfacción e infelicidad que le genera su matrimonio. Desde que tuvieron a su hijo, la pareja no ha vuelto a ser lo que era y él ni la aprecia, ni la desea, ni la admira. Isabelle se esfuerza cada vez más por ser la mujer perfecta, lo que la aleja de forma irreparable de su marido y amigos. Descarga su frustración sexual en chats eróticos mientras todos duermen y envidia a muerte a Marie, que es a sus ojos una mujer liberada de las ataduras sociales – y de la que cree que está enamorado Vincent.

El film promete mucho más de lo que finalmente concede. Es un claro ejemplo del dicho “quien mucho abarca poco aprieta” ya que abarca demasiadas historias complejas y rebuscadas pero finalmente no es capaz de profundizar lo suficiente en ninguna de ellas. El final resulta poco atractivo ya que no concluye los pocos nichos de interés que se generan durante el desarrollo de la película.

Es una cinta interesante pero lenta y larga, que no satisfará al espectador tanto como podría haberlo hecho. Con eso y con todo, aquí dejo el tráiler.

Maria

Alice Guy: La Leyenda


Es sobrecogedor intentar relatar la historia de una mujer que es tanto un icono cinematográfico como una leyenda casi mitológica. Ante todo Alice Guy fue una pionera.

Alice Guy, francesa del siglo XIX, empezó a trabajar como secretaria de un pionero de la industria del cine, que se dedicaba a fabricar máquinas fotográficas. Fue la primera mujer en asistir a una demostración privada del nuevo invento de Louis Lumière: el antecesor de la cámara de vídeo.

Cuando su jefe, Léon Gaumont, perfeccionó el rudimentario aparato de Lumière, la joven Alice Guy – de tan solo 23 años – tuvo la idea definitiva: el aparato podría usarse para contar historias animadas, lo que el cine necesitaba era narrar. Decidió que demostraría el valor de su idea llevándola a cabo ella misma.

Fue ella la que realizó la primera película per sí de la historia del cine, lo que la convierte en el primer cineasta del mundo. Una mujer fundó el cine. La primera producción cinematográfica (en el sentido moderno de la palabra) de la historia se llamó La Fée aux Choux (El hada de las coles).

El invento de Alice tuvo tanto éxito que se encargó de la productora de Gaumont. Durante su experiencia cinematográfica dirigió y produjo más de seiscientos films de todo tipo de temáticas y géneros. Finalmente llegó a ser propietaria y directora de su propio estudio de cine Solax Company. Sigue sin haber habido otra mujer que haya estado a la cabeza de su propio estudio cinematográfico.

Como Méliès y otros muchos pioneros del cine, no tuvo el suficiente poder para poder competir con Hollywood, y en la Meca del cine no había sitio para los primeros genios del séptimo arte.

En un artículo mucho más completo que éste podéis encontrar información sobre la filmografía y biografía más completa de este titán del cine experimental.

Maria

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